Por Esteban Raies
“Viva el Indio carajo”, grita un hombre canoso que alguna vez fue un chico encantado con las letras de Solari. Y cae arrodillado, se toma con las manos el rostro morado de dolor y se desarma otra vez con un llanto convulsivo y desesperado. Ya pasó por la capilla ardiente en la que Carlos Alberto Indio Solari firma su contrato con la eternidad y es uno de los miles que lloran con los ojos reventados de dolor, un desgarramiento de tribu con cacique.
A 23 cuadras del Polideportivo José María Gatica, ubicado al 5000 de lka avenida Mitre, se desata un pogo de suela en la avenida. Es el clímax de Ya nadie va a escuchar tu remera. “Tu aliento vas a proteger, en este día y cada día”, cantan unos cientos por acá. Y parece que algo va a explotar. Después se abrazan tan fuerte como para romperse el alma. Algunos lloran y miran al cielo. Siempre al cielo. Vienen a decir gracias: viene la banda inconsolable, vienen las brujas de alma sencilla, los tipos que no duermen por las noches, vienen los patéticos viajantes, los pobrs tontos y los pobres diablos. Y vienen también docentes de la UBA y arquitectos recibidos con honores y vienen albañiles y vienen chicos y grandes, vienen los profesores que enseñaron con sus canciones, y las enfermeras que les ponían su música a sus pacientes y vienen los sociólogos que lo estudiaron cuando eran estudiantes.
Los malos corderos y los buenos lobos llegan en tren, en auto, en combi o vienen caminando. Algunos llegaron desde el sur, como el viento que barre los malos augurios. Y otros desde el norte o desde la cordillera. Los de Corrientes dicen “Indio y chamamé, carajo”, piden una foto con sus trapos y largan un sapucay que queda flotando en la avenida Mitre entre los bocinazos y los parlantes con los solos melancólicos de Skay Beillinson.

Las puertas del polideportivo se abrieron antes de lo esperado para calmar las ansias a la que la familia de Indio amansó con conocimiento de causa, avisando que todos iban a entrar. Fue la primera demostración de reflejos de una organización sin improvisaciones que funcionó con perfección: policías detrás del vallado para evitar enojos tras los cantos que recordaban a Walter Bulacio, asesinado por la Policía Federal antes de un recital ricotero en Obras en 1991; una empresa privada contratada para los accesos; empleadas y empleados del Municipio de Avellaneda y Defensa Civil para interaccionar con el público y los bomberos para pedir paciencia y cuidados mutuos.
Hasta dónde llega esta fila inquieta que parece ya interminable en el mediodía del 7 de junio. “Hasta el Puente Pueyrredón”, afirma alguien que está viendo un noticiero. Desde la estación de Sarandí baja una marea de gente, que canta las canciones de los Redondos como en la cancha y camina hacia el puente para hacer la fila.

Nadie se pregunta cuánto falta para llegar y alguos ni siquiera vienen para entrar. «Yo vine a vivir esto», dice Valeria, que llegó desde Florencio Varela. Hasta acá y para vivir esto llegan los pibes y pibas de los barrios sin cloacas de los conurbanos del país: los vulnerados, los rotos, los apartados, los marginados, los del suburbio, los nadie para quienes Indio Solari y Los Redonditos de Ricota fueron su representación más extraordinaria porque desde los márgenes llegaron al centro de la popularidad y lo hicieron sin compañías discográficas, sin publicidad ni concesiones, sin peinados raros, robándole el gorro al diablo y ofreciendo en ese movimiento un pedacito de cielo para los que tienen negado el paraíso. Porque para ellos Indio es también el hombre que ha derrotado a los tipos que huelen a tigre, tan soberbios y despiadados.
Escuchás caer tus lágrimas
Nunca antes el Ministerio de Salud provincial dispuso de un operativo semejante, con 60 profesionales de la región y de otros lugares a lo largo de toda la avenida Mitre y un mini hospital para cualquier contingencia. “Atendimos algunas personas descompensadas por las horas de espera, otros con la presión baja y muchas personas con crisis de llanto”, cuenta de una de las encargadas.

Hay policías de a miles, pero del otro lado de un vallado que se va haciendo más fino conforme uno se acerca al lugar. Los Bomberos contienen a pulso, enlazando sus manos, a una masa que podría arrastrarlos como una de las hojas del otoño, pero los respeta y de tanto en tanto les dedica un cantito de agradecimiento. Es la tapa de Oktubre pero en movimiento perpetuo, con el humo de fondo y un cielo gris del que caen algunas gotas sueltas, como lágrimas. Por supuesto que hay botellas mal cortadas con fernet y tetra bricks de Uvita y Resero, hay latas de cerveza por donde uno mire. Y hay humo de choripán y hamburguesas y hay pan relleno, hay poster por dos mil pesos, pilusos y lentes redonditos, papas fritas y sánguches de milanesas envueltos en film. Marcelo Marquesi preparó ayer 200 milanesas con su primo y hoy piensa arrimarle unos mangos a su magra jubilación. “Hasta el último día nos ayuda el Indio, qué viejo hermoso”, dice porque a lo largo de toda la avenida Mitre se suceden una oferta variopinta de lo que uno quiera comprar.
Una vez que se llega al lugar desde el cual ya se ve la puerta de ingreso, el ánimo vira de la celebración a la calma. En los parlantes dispuestos por la organización suena la voz susurrada de Solari en Espejismo. “Contra las cuerdas vas a desafinar/canciones tristes/dueñas del corazón”, canta Indio con un solo de violines que hieren. Nadie habla. Este cronista camina hacia el féretro donde vuelan las remeras, como bendiciones que caen al pie en la última morada. Lleva un mensaje que un amigo no puede darle por la distancia. “Decile al Indio que nunca lo vamos a olvidar”, le pidieron.
Las palabras se pronuncian en medio de gritos y llantos, con alguna puteada que retumba en el tinglado. Alguien deshoja un crisantemo y lo hace volar en mil partes con un soplido, mientras los organizadores le piden apurar el paso y ella se desarma en un llanto desamparado; sabe que hoy nadie podrá decirle me voy a comer tu dolor.










