El caso del alumno que fue armado este lunes con una escopeta a un colegio de la ciudad de San Cristóbal, en Santa Fe, donde mató a otro adolescente, trajo a la memoria a otros casos que sacudieron a la sociedad. Uno de ellos ocurrió en Almirante Brown. El 4 de agosto de 2000, en Rafael Calzada, el caso conocido como “Pantriste” terminó con la muerte de un estudiante y otro herido, en un ataque en la Escuela de Educación Media Número 9 motivado por años de hostigamiento escolar.
Aquel mediodía de agosto, Javier Romero, de 19 años fue al colegio con un revólver Pasper calibre 22 que le había sacado a su mamá. Pasó cinco horas en la escuela con el arma. Poco después de las 13, cuando él y sus compañeros salieron a la calle, se paró en la vereda de la escuela y gritó: “Me voy a hacer respetar”. Entonces comenzó a disparar.
Uno de los tiros le pego en la cabeza a Mauricio Salvador, de 16 y murió dos días después en el Hospital Fiorito de Avellaneda; Gabriel Ferrari, de 18, fue herido en la oreja, estuvo en observación y fue dado de alta. Decenas de estudiantes corrieron en todas direcciones, gritos, desesperación, miedo. Muchos de los chicos que escapaban se refugiaron en un quiosco cercanos.
Romero, se fue corriendo y tiró el arma a un arroyo cercano y se escondió en la casa de un familiar. La Policía lo encontró pocas horas después. La mamá llevó a los agentes a donde se encontraba, en la casa de un primo cerca de la escuela. Romero fue juzgado en marzo de 2003. El chico esperó el juicio detenido primero en la comisaría de Rafael Calzada, luego en el temible penal de Sierra Chica. Finalmente en Dolores.
Romero declaró que le hacía bullying, que se burlaban de él, que le sacaban las cosas, que lo amenazaban, que dijeron que iban a matarlo, que sus compañeros le decían “Pantriste”, por el dibujito creado por el legendario Manuel García Ferré.
En una entrevista que Soledad Silveyra le hizo para la tevé hace doce años, Romero cuenta el crimen como si lo hubiera cometido otro. “A ese momento no lo recuerdo mucho. El momento que pasa y disparo el arma no me acuerdo. Ni me acuerdo de la sangre de mis compañeros. No puedo contar lo que hice, supongo que porque estaba en un ataque de nervios. Si me preguntan cuántos tiros disparé y a quiénes les tire, no tengo ni idea. Pienso que no dije nada, que esa frase la armaron”, relató. “Los profesores se daban cuenta, pero no hacían nada o a los sumo llevaban a dirección a los agresores. Nunca pensé en conseguir un arma y matarlos a todos. No fue un plan. Muchos chicos en mi situación terminaron suicidándose o matando a los demás”, confeso.
El autor del hecho fue absuelto en un juicio oral ya que, según los peritajes, no comprendió la criminalidad de lo que había hecho. No obstante, se consideró que constituía un riesgo para sí y para terceros, por lo que se ordenó su internación. Pasó por cuatro cárceles comunes y un neuropsiquiátrico hasta que, a finales de 2018, un juez dispuso su liberación.
En abril de ese año, Romero, fue absuelto por el Tribunal Oral N° 6 de Lomas de Zamora. Lo consideraron inimputable y ordenaron su internación y tratamiento.










