Por Esteban Raies
Nunca mejor dicho el lugar común: viven para contarla. Es que Francisco José Marcovich (Burzaco) Roberto Romero (Solano) y Guillermo Oscar Taño (Solano) combatieron en la Guerra de Malvinas y volvieron a las islas, en el caso de Romero por medios propios y en los otros dos por un programa municipal, visitaron el cementerio de Darwin, recordaron la guerra, los sitios donde combatieron, las personas con las que compartieron y ahora lo comparten con Brown On Line, a 43 años de y en el Día del Veterano y de los Caídos en la guerra de Malvinas
Taño: “Nadie nos dijo que íbamos a una guerra”

Guillermo Oscar Taño nació y vive en Glew. El 3 de marzo de 1982 le llegó el telegrama del Ejército Argentino para hacer el Servicio Militar Obligatorio. Le tocó la Compañía de Comunicaciones Mecanizada 10. Treinta y nueve días después, el 12 de abril, viajó a las Islas Malvinas, sin saber que iba a ir a una guerra. “Hacía un mes y 10 días que había entrado a hacer el servicio militar obligatorio”, recuerda. El 3 de abril de 1982 había cumplido 19 años. “Para mí era todo nuevo y era una aventura más, no pensaba que iba a ir a una guerra y nadie nos dijo que íbamos a una guerra. Nos dijeron que era parte de la instrucción. Cuando quise acordar estaba en Puerto Argentino”.
Su compañía se dividió: Puerto Argentino, Moody Brook y la Central de Comunicaciones de Puerto Argentino. Taño tendió líneas en el campo de batalla y su rol era comunicar a las unidades que estaban fuera de la capital de las islas. En Moody Brook compartió esos días con el héroe browniano Ignacio María Indino, quien cayó en combate a causa de un bombardeo mientras operada una radio. “Cuando volvés de la guerra ya no sos el mismo. Fue duro volver. Tuvimos que acostumbrarnos a la vida civil, eso costó mucho. Fueron 10 años sin hablar de Malvinas, esquivaba el tema. Y de a poco nos empezamos a encontrar con los compañeros. Y empezamos a contar las historias nuestras en las escuelas.”
-¿Pensaste en no volver por el hecho de que los argentinos debemos presentar pasaporte en un suelo que es nuestro?
-Tener que ir con pasaporte y que el avión aterrice en una base militar es muy duro. Lo pensé eso. Y me dije voy a ir igual porque sino, no voy a volver más. También fue muy duro la salida de ahí. A los argentinos nos revisan mucho y el trato no es el mismo con nosotros que con los chilenos por ejemplo. Pero era algo que había que hacerlo: ir al cementerio y pensar en que ojalá algún días podamos entrar sin pasaporte.
“Para mí las Malvinas son nuestras. Y siempre pensé que si llegara a haber un conflicto armado estaría dispuesto a ir otra vez a las islas, porque uno tiene el sentimiento por Malvinas. No sé en qué sería útil hoy en un conflicto armado, pero sé que iría.”
Los primeros años fueron de abandono de los gobiernos. “Hubo que luchar mucho por nuestros derechos, pero hoy la sociedad nos reconoce y los gobiernos municipales sobre todo. En Brown nos ayuda mucho el municipio a los veteranos, con el programa de los viajes a Malvinas”, reconoce.
Romero: “Tenemos que ir”

Roberto Romero vivía en la calle España, en San Francisco Solano, cuando lo llamaron para ir a Malvinas. Su padre murió cuando tenía 2 años y le tocó trabajar desde niño. Cuando fue al Servicio Militar tenía su empleo y jóvenes 19 años. “Volví con bronca”, dice del regreso en 1982. “Fueron terribles esos años. Muchos compañeros se suicidaron”, resume Roberto. “Nos juntábamos, hablábamos, nos sentíamos entendidos, acompañados entre nosotros”.
En las islas cumplió sus 19 años. Se había olvidado que era su cumpleaños. Se acordó a las 11 de la mañana de ese día, en la misa que compartía con los Ingenieros de Combate 601, que hacían los campos minados. “Fue una de las compañías que voló el puente Fitz Roy”, cuenta.
“Fui por mis propios medios a las islas. Siempre dije que no iba a ir porque tenía que presentar el pasaporte, pero en nuestro grupo éramos ocho y quedábamos vivos cuatro. Daniel Alberto Ugalde cayó en combate. Su madre fue la primera en donar sangre para reconocer los cuerpos: Raquel García de Ugalde, de Haedo, con quien sigo en contacto.” Un compañero le dijo a Roberto “tenemos que ir”. El 11 de noviembre de 2023 volvió a pisar el archipiélago de sus desvelos. “Me mando sin pensar a veces, me embarco, así me saqué muchos fantasmas de mi vida”, dice del momento en que decidió viajar.
“Hay un gran desarrollo económico en las Malvinas ahora, una terrible infraestructura. Lo comparo con Río Gallegos y está dejado. Y es un punto estratégico nuestro. A los 62 años veo muchas cosas que están mal en nuestro país.”
“Pensaba ´con lo que me pasó puedo hacer cualquier cosa´. Me di cuenta de que la vida era frágil y entonces parecía que eso me otorgaba algún derecho. Mi esposa la luchó conmigo, luchaba con todo, con las crisis del país, con la situación mía, con nuestro hijos”, revela.
Entre 1982 y 2004 se dio la mayor cantidad de suicidios de ex combatientes, un número que supera el de caídos en combate. “Estábamos abandonados los ex combatientes. Muchos compañeros con problemas de adicciones al alcohol y las drogas. Por el bien de la verdad uno tiene que decir las cosas para que no se repitan. Fue en esos años que Néstor Kirchner nos reconoció”, dice Romero.
Carlos Alberto Barrionuevo y Julio César Carrizo, vecinos de José Mármol y Burzaco, fueron sorteados a través del programa “Brown en Malvinas”, que ya permitió que en seis oportunidades una docena de veteranos de guerra del distrito volvieran al archipiélago.
Durante 17 años tuvo dos trabajos, dormía casi nunca y trabajaba casi siempre. A ese vértigo le sumaba “todos los problemas psicológicos que tenía”, describe Roberto. “Ir a las islas hizo que se me vinieron otra vez todos los momentos vividos. Frente a la tumba de mi compañero me sentí un privilegiado. Viví mal o viví bien, pero viví. Ahí tomé consciencia de todo. A veces se me hace que no me pasó a mí, que lo soñé. Los últimos días en Malvinas eran humo, nieve, gente, combates, todo borroso. Yo pensaba que éramos irrompibles, que no nos iba a pasar nada, pero nos pasó”, dice.
“Es rarísimo volver a las islas”, dice Roberto Romero, casado hace 41 años. Tiene dos hijos, uno en Dinamarca y una licenciada en Publicidad en Argentina. “
“Los aviones volaban rasante y tocaban el agua. El 1 de mayo me salvé de una ráfaga de 12.7 de un avión de tropa propia al que no fue posible identificar hasta que lo pintaron de color amarillo”, cuenta.
No fue la única vez que la muerte le pasó cerca a Roberto. Durante uno de los tantos bombardeos, necesitaban un hombre para una posición. Él dijo que con su compañía estaba bien y que si tenía que morir iba a ser con ellos. Fue otro de sus compañeros a esa misión. Y cayó en combate. “Se lo conté llorando a su madre. Eso me marcó mucho”, dice. “Ahora que pasó el tiempo, pienso que la guerra fue una parte de mi vida que me fortaleció. Me pone feliz haber conocido verdaderos héroes.”
-¿Eso te hace también creer en el destino?
-Eso me hace creer que soy un privilegiado. Siempre los olvidados son los humildes, los pobres. Tengo compañeros paralíticos, otro que perdió un ojo. Hubo gente que estuvo mal. Y hoy en día sigue así. Yo pude vivir a pesar de todo.
Marcovich: “Volví a las islas y no cerré ninguna herida”

¿Cuántas batallas pelea un soldado a lo largo de su vida? Marcovich tuvo dos grandes: la gesta de Malvinas y la batalla contra el olvido. Es el presidente del Centro de ex Combatientes de Almirante Brown. “Los ex combatientes les debemos mucho a la sociedad que nos aplaude con mucha calidez en los desfiles y eso es reconfortante para el alma. El verdadero ex combatiente está en deuda con la sociedad que nos ayudó, vendió sus anillos de oro, sus aros, para donarlos para que nosotros podamos comer. No me quedo con quien se robó eso, me quedo con el gesto hermoso de dar”.
Francisco transmite en las charlas que da en las escuelas su fervor por la soberanía. “Apostamos mucho por la juventud de nuestro país. Algunos no quieren dar charlas. Todos llevamos la mochila de una manera diferente. Pero trato de transmitir que la vida es tan cortita que hay que quedarse con lo bueno. La vida pasa volando. Parece que fue ayer que ocurrió ese infierno que fue la guerra”, dice.
Para Francisco y para la mayoría, a la Guerra de Malvinas le siguió la guerra contra el olvido. “Muchas veces me pregunté para qué quedé vivo. No conseguíamos laburo, nos desdeñaban porque éramos los chicos de la guerra. Y nosotros, por eso, ocultábamos que habíamos ido a Malvinas”.
Hace unos años, Francisco, vecino del barrio El Gaucho de Burzaco, tuvo la posibilidad de volver a la islas que lo desvelaron. “Volví a las islas y no cerré ninguna herida, pero me hizo bien porque hasta terminamos comiendo en la casa de una kelper. Ellos nos muestran allá como si fuésemos nazis y cuando nos conocieron se dieron cuenta de que no es así la historia”.